sábado, 19 de diciembre de 2020

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¡Ya verás cuando llegue tu padre!”. Esta frase, pronunciada miles de veces a modo de advertencia en el pasado, hoy apenas tiene sentido. Porque el padre autoritario, aquel que ponía firmes a los hijos ante la mera pronunciación de su nombre, ha desaparecido. Se ha evaporado, como predijo el psicoanalista Jacques Lacan después del mayo del 68, cuando las revueltas estudiantiles desafiaron a la autoridad vigente.

En el siglo XXI de la generación milenial, el psicoanalista italiano Massimo Recalcati, expresa, “Las dificultades de los padres para cumplir con su propia función educativa y el conflicto entre generaciones que de ello se deriva y la autoridad simbólica del padre ha perdido peso, se ha eclipsado, ha llegado irremediablemente a su ocaso
No hace falta ser un experto para darse cuenta que la jerarquía en las familias ha cambiado radicalmente en las últimas décadas. La tradicional figura del pater familias, símbolo de la Ley, ya no existe. Para comprobarlo, solo hace falta ser testigo de alguna interacción en el día a día entre algún padre estándar y su descendencia. Aquí va una: en Jaén, en los inicios del desconfinamiento, en una tienda del Mega Plaza. Padre, madre y dos niños de entre seis y ocho años. La madre elige toallas mientras los niños están al cargo del padre. Podrían haber estado a cargo de una escoba: corren por la tienda, lo tocan todo, gritan… No paran, vaya. Pero el padre los mira con embeleso indisimulado y, él también, lo toca todo, detrás suyo. Solo de vez en cuando parece recordar su rol y, con voz poco convincente, débil, les dice: “No toques” o “No corras”. Los dos chiquillos siguen tocando y corriendo, como si hubieran oído al papá.
“Los padres ya no son el símbolo de la Ley, sino que, como las madres, también se ocupan del Facebook, wasap, esto es guerra, futbol, baile con corazón serrano y de agradar y sobreproteger a sus hijos”, estos padres que abdican de sus funciones “por estar demasiado próximos a sus hijos, demasiado cercanos, por ser demasiado parecidos”.
La familia ha pasado de la verticalidad a la horizontalidad: todos son iguales. Esta transformación provoca que, cada vez más hijos desorientados por este vacío paterno. Hijos que esperan el retorno del padre para tener un guía y un poco de orden. También, como fruto de esta horizontalidad, más hijos narcisistas que se comportan como reyes de una familia que está al servicio de sus caprichos.
¿Por qué se está produciendo este fenómeno? Por un lado, la actual confusión entre autoridad y autoritarismo, que hace que cualquier intento de orden se considere un atentado contra la criatura. En nuestro tiempo “El ídolo-niño”, que de manera unilateral los derechos del niño, acaba por ver con recelo cualquier actividad educativa que asuma la responsabilidad vertical de su formación.
Destacar que los padres están “rompiendo el pacto generacional con los maestros” en pro de los intereses de los hijos. La sobreprotección, la obsesión de la crianza hipermoderna de allanar el camino a los hijos, es otra causa de este desconcierto: “Son los padres los que “matan” a sus hijos. No les dejan sitio, no saben cómo eclipsarse, no saben delegar, no otorgan ocasiones, no dejan que sus hijos se frustren, no prestan atención al porvenir”.
Los adultos, están rehuyendo la misión educativa que la diferencia generacional les impone simbólicamente. “Cada vez es más raro que nuestros hijos puedan hallar en los adultos ídolos, héroes, modelos y encarnaciones creíbles de lo que significa ser responsable”.
¿Cómo afecta este fenómeno a los hijos? Hay mucha ansiedad: padres angustiados e hijos perdidos. “Familias en el caos” que a menudo, debido a esta dificultad de los padres de hacerse respetar, tienen que acudir ala castigo o a un tercero -un juez, un mediador- para resolver los problemas. Señal de esta profunda alteración de los papeles. “Se trata de una paradoja hipermoderna: los padres, cada vez con más dificultades para transmitir a sus hijos el sentido de la Ley de la palabra, ¡apelan al castigo, o la Ley del juez para que les restituya la propiedad de los hijos!”.
Hoy es urgente el retorno de un padre que asuma su rol. Pero no un padre tirano ni, tampoco, esos que presumen de ser perfectos y dirigen las vidas de su prole como managers, en un ejercicio de narcisismo parental, esos padres que se sienten dueños de sus hijos tampoco son la respuesta.
La respuesta es la de un padre-referente, capaz de orientar, pero de asumir también las consecuencias de sus actos. Un padre persistente en sus decisiones, una figura responsable, que muestre a los hijos que “se puede estar en este mundo con deseo y, al mismo tiempo, con responsabilidad”. Padres maduros, en definitiva, capaces de “dejar ir” a sus hijos, para que vivan sus vidas propias, con sus éxitos y sus fracasos. Pero, sobre todo, padres que ejerzan el rol de padres, no el de colegas de sus hijos. Un papel más difícil, sí tarea de padres como “imposible”, pero mucho más necesario. Porque nuestros hijos quizás tengan muchos amigos, pero padre, solo uno.

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