MALA EDUCACIÒN
Aunque
parezca insólito, desde hace décadas, esta absurda suposición de que el maestro
es culpable de la mala – pésima- y desgraciada educación pareciera cobrar
realidad. Es decir, uno lee las noticias y se queda con la sensación de que ese
culpable, en efecto, existe. Y que había sido el maestro. ¿Los motivos? Uno
podría prepararse para conocer una lista muy larga de razones y sinrazones,
pues los problemas de nuestra educación son vastos y complejos. Pero no. Los
motivos que se exponen son sólo dos: no sabe enseñar y encima hace
huelgas. Luego, la solución parece fácil: hay que
capacitarlos o botarlos y todo se arreglará. Y, lo que es peor, hay gente que
lo lee y lo cree.
Naturalmente, si preguntamos a los maestros dirán que ellos no tienen ninguna responsabilidad y que el gran culpable es el gobierno. Las autoridades, a su turno, señalarán al sindicato y el sindicato, a su vez, al Ministro de Educación. Este es el mundo real. No sólo no hay un supuesto gran y único culpable, susceptible de buscar y atrapar, sino que –aparentemente- no hay ninguno. Nadie parece sentir culpa por la educación que tenemos. A nadie persigue su conciencia cada noche por lo malo que hizo o lo bueno que, a sabiendas, dejó de hacer cuando pudo hacerlo. Todos declaran hacer su mejor esfuerzo, pero todos dicen ser víctimas de alguien más. Finalmente, todos se esmeran por demostrar que la culpa en todo caso, está allá afuera.
Naturalmente, si preguntamos a los maestros dirán que ellos no tienen ninguna responsabilidad y que el gran culpable es el gobierno. Las autoridades, a su turno, señalarán al sindicato y el sindicato, a su vez, al Ministro de Educación. Este es el mundo real. No sólo no hay un supuesto gran y único culpable, susceptible de buscar y atrapar, sino que –aparentemente- no hay ninguno. Nadie parece sentir culpa por la educación que tenemos. A nadie persigue su conciencia cada noche por lo malo que hizo o lo bueno que, a sabiendas, dejó de hacer cuando pudo hacerlo. Todos declaran hacer su mejor esfuerzo, pero todos dicen ser víctimas de alguien más. Finalmente, todos se esmeran por demostrar que la culpa en todo caso, está allá afuera.
Una
manera simpática de averiguar dónde están las responsabilidades es observando a
las escuelas que funcionan bien y con buenos resultados de aprendizaje, a pesar
de tener todos los factores en contra: la pobreza de los estudiantes, DESNUTRICIÒN
– ANEMIA, la precariedad material del colegio, la deficiente preparación del
personal, disfuncionalidad familiar, la indolencia de las autoridades locales.
Instituciones donde nadie se siente víctima y se deciden a hacer cosas
sencillas pero efectivas que no se observan en el común de las escuelas.
Allí existen también reglas de juego claras para todos, así como la voluntad explícita de cumplirlas sin atenuantes, con responsabilidad profesional y sentido ético. Como se trata de cumplir funciones exigentes, los docentes trabajan en equipo todo el tiempo, apoyándose mutuamente. Por lo demás, se ofrece a los profesores oportunidades de capacitación, asesoría y evaluación permanentes, lo que supone equipo directivo que saben aprovechar los diferentes espacios y recursos ofrecidos por el Estado y gestionar eficientemente el apoyo externo y los recursos materiales que tienen disponibles.
Los docentes se preocupan por mantener interesados e involucrados a todos los alumnos, motivados a aprender. Clases donde son estimulados a razonar, expresarse y escribir, incentivando su capacidad de explorar y su creatividad. Clases a cargo de docentes que planifican y aprovechan el tiempo, que saben crear un clima de confianza y respeto en el aula, estableciendo relaciones afectuosas con sus estudiantes y empleando una disciplina positiva.
Esto
quiere decir que la mala educación, además de otras causas que no se excluyen,
puede ser así mismo producto de instituciones escolares que carecen de un
proyecto educativo propio –aún si cumplieron con escribir, copiar, comprar o
adaptar uno prestado para entregar a la UGEL- y que no depositan mayores
expectativas en sus estudiantes, subestimándolos por ser pobres o campesinos y
por pertenecer a familias poco instruidas o «incompletas». El prejuicio se
traduce siempre en actitudes y comportamientos de rechazo o desinterés
fácilmente advertidos por los niños. Pero también en una gestión escolar donde
el éxito en los aprendizajes no es el eje de sus preocupaciones y que elude,
más bien, toda responsabilidad por ellos.
Del mismo
modo, es producto del desorden institucional y de esa cultura del desacato que
nos hace burlar acuerdos y normas internas cada vez que se puede en beneficio
de nuestra comodidad e interés, aún a sabiendas que eso rompe la confianza de
los colegas y perjudica a los estudiantes. Así mismo, es fruto de una enseñanza
reiterativa y monótona, que repite lo mismo cada año, que avanza el programa
sin preocuparse por los que se van quedando atrás ni comprobar si se cumplieron
los prerrequisitos, que no le preocupa tener alumnos interesados y entusiastas
sino obedientes, que le basta que repitan y copien pues asume que ponerse a
pensar, opinar y discutir en clase sólo hace perder el tiempo o que no revisa
tareas ni cuadernos o lo hace mal y con total negligencia.
Por
supuesto, las responsabilidades no sólo están ahí. Las autoridades, por su
lado, necesitan admitir que la deficiente preparación de los docentes,
egresados de instituciones de educación superior autorizadas a entregar títulos
a nombre de la Nación, pero cuya calidad ha carecido de control oficial alguno,
muchas de las cuales no se pueden clausurar amparadas por los jueces, es
responsabilidad del Estado. Como lo es también la laxitud de las normas y
requisitos para enseñar en una institución educativa pública y para mantenerse
en ella, más allá de lo bueno, lo malo o lo pésimo del desempeño exhibido. Ni
las malas instituciones formadoras ni las deplorables reglas de
juego las inventó el maestro.
Pero es también fruto de la discriminación social, pues su precariedad, mediocridad e ineficacia es directamente proporcional al grado de pobreza de la población que atiende. Hay evidencias contundentes, sin embargo, como las que encontró el estudio de UNICEF hace poco, que nos muestran cómo el anacronismo histórico y la pobreza de la escuela pública no representan siempre y necesariamente una condena irreversible, cuando cada quien asume sus propias responsabilidades y se decide a cambiar el curso de los hechos.
Pero es también fruto de la discriminación social, pues su precariedad, mediocridad e ineficacia es directamente proporcional al grado de pobreza de la población que atiende. Hay evidencias contundentes, sin embargo, como las que encontró el estudio de UNICEF hace poco, que nos muestran cómo el anacronismo histórico y la pobreza de la escuela pública no representan siempre y necesariamente una condena irreversible, cuando cada quien asume sus propias responsabilidades y se decide a cambiar el curso de los hechos.
León
Trahtemberg Señaló: “es un error evaluar que lo bien o mal que anda la
educación tiene que ver con lo que ocurre en los colegios, porque estos apenas
abarcan una pequeña porción de la vida de los peruanos que se desempeñan en
todas las esferas de la sociedad. Cuando se mira la sociedad adulta de hoy y la
cantidad de elementos de insatisfacción que tenemos como sociedad, que hay
corrupción, inseguridad, violencia, discriminación, indisciplina, maltrato a
los jubilados y los niños, ineficiencia, pésimo servicio público, indiferencia y
falta de cooperación, esa sociedad expresa el producto de la formación de las
personas. Es decir, los adultos de hoy que todo el mundo critica como los
políticos, los funcionarios públicos, los empresarios corruptos que todo el
mundo critica, han pasado por el sistema educativo y son producto del sistema
educativo, por tanto, cuando alguien pregunta sobre la educación peruana debe
tener en cuenta que la sociedad adulta es el reflejo de lo producido por el
sistema educativo”
Allí nos
conducen las simplificaciones, dirigidas a la búsqueda de un chivo expiatorio,
cuyo sacrificio ritual –como se prescribía en el Antiguo Testamento- sirva para
dejarnos a los demás limpios de toda falta. Pero allí nos conduce también la
costumbre de buscar refugio en el comodísimo papel de víctimas, justificando
siempre lo indefendible y echando a otros la culpa de nuestra propia
irresponsabilidad.