Cuando los hijos acaban creyéndose que, por el mero hecho de existir, ya son merecedores de todo, el resultado es un niño absolutamente mimado, consentido y caprichoso. La permisividad no es el único factor; también influye la mimancia, la mamitis, la papitis y la hiperpaternidad hoy tan vigente, un estilo de crianza que pone a los hijos en un altar doméstico y, entre otros, se caracteriza por la sobreprotección, y la transformación de padres y madres en una especie de sirvientes de los hijos. Además de un despilfarro exagerado (fiestas, viajes, ropa, zapatos, celulares…) en las criaturas, motivado por el hiperconsumismo. Un exceso que, en la mayoría de los casos, deriva en niños que tienen tanto que no pueden apreciar lo que tienen. Y, por supuesto, quieren más.
El niño mimado exige constantemente, porque pedir o ganarse algo o ser merecedor por tu propio esfuerzo no entra en sus valores, esto los convierte en adultos terriblemente exigentes, caprichosos, y malcriados, que tiran al diablo las normas de convivencia.
No hace falta ser psicólogo para detectar un niño mimado, tienen el perfil psicológico: niños que crecen pensando que tiene todos los derechos y por supuesto ninguna obligación, acostumbrados a que antes de necesitar algo, ya lo tienen… Crecen con un exceso de atención y de refuerzo positivo, de manera que otra de sus características es que pueden ser potencialmente muy narcisistas, egocéntricos, muy egoístas y nada empáticos, porque su vida siempre ha girado en torno a ellos y su forma de estar en el mundo se resume en un yo, yo, yo.
Lo peor, tolerancia cero a la frustración que hace la vida muy difícil, tanto para el propio hijo como para su entorno.
En la actualidad, con el objetivo de la felicidad inmediata a los hijos hay padres que olvidan otros objetivos, mucho más importantes para la educación y para ir por el mundo”. A destacar: La empatía, la tolerancia a la frustración, el aprendizaje del valor de las cosas, el esfuerzo, las consecuencias, los límites… Y estos padres, sin querer y con ese afán de que los hijos sean muy felices y no sufran, dejan de lado estos valores que hay que inculcar desde que son muy pequeños.
Una de las incongruencias de mimar a los hijos es que el hijo mimado se hace insoportable para quienes están en su entorno. El problema es que cuando algo no está exactamente como ellos quieren, estos niños llegan a ser muy coléricos, precisamente como consecuencia a esta tolerancia cero a la frustración. Y acaban derivando en una personalidad que los hace inaguantables, porque socialmente no están preparados ni para compartir ni para convivir, insoportable en la sociedad,
Lo que se puede hacer es desmimémosle a ese niño o adolescente dejemos que se frustre, poner límites que se vayan incorporando y ampliando hasta que en su vida cotidiana haya unas líneas rojas claras y una tolerancia a la frustración. Sin olvidar, por supuesto, la capacidad de la empatía, enseñarles el camino, los valores y los límites.
Debemos comprender que, dejar de ser un adulto malcriado es mucho más complicado, que desmimar a un niño o adolescente. de todos modos, No confundir el amor y la forma de querer a nuestros hijos con mimarlos.
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