HIPERPATERNIDAD: SOBREPROTEGER A LOS HIJOS ES DESPROTEGERLOS
En el siglo XXI el modelo de crianza ha cambiado radicalmente: los hijos se han convertido en el centro absoluto de las familias, con unos padres dispuestos a «darles todo» para conseguir una generación perfecta que la sociedad parece demandar. Y hoy quienes ejercen una crianza basada en estar siempre encima suyo, anticipándose a sus deseos y resolviéndoles todos sus problemas.
La HIPERPATERNIDAD tiene ingredientes como la estimulación precoz, mantenerlo constantemente en academias o las agendas sin espacios en blanco que no le permite poner a prueba sus habilidades blandas , la tolerancia cero a la frustración y los enfrentamientos con maestros que osen cuestionar las malcrianza del niño o la niña.
Es por eso que hoy tenemos una generación caracterizada, entre otros, por tener una bajísima tolerancia a la frustración y un miedo tremendo a equivocarse, a fallar.
la HIPERPATERNIDAD está destruyendo aspectos tan vitales en el desarrollo de los hijos como son la adquisición de autonomía, la capacidad de frustrarse, la capacidad del esfuerzo y el tiempo para jugar. También provoca familias estresadas y niños tan sobreprotegidos que, irónicamente, tienen más miedos que nunca.
En muchas familias los hijos e hijas están colocados en una especie de altar doméstico; se les rinde pleitesía, como si fueran seres omnipotentes, y se les hacer sentir especiales por el mero hecho de existir. Parece que para ser buenos padres o buenas madres debamos hiperprotegerlos, evitarles la más mínima frustración, darles todo y defenderlos como fieras ante cualquier atisbo de crítica o juzgamiento.
Es por esa razón que nos convertimos en:
2. padres guardaespaldas (progenitores extremadamente susceptibles ante cualquier crítica sobre sus hijos o, incluso, a que se les toque),
3. padres-mánager (estamos diciendo lo que deben hacer)
4. madres-tigres (que con razón o sin razón pelean o defienden a sus hijos)
5. padres-bocadillo (quienes con infinita paciencia, esperan al hijo, a que se digne a darle un bocado a la comida)
— Sobreproteger es desproteger. La educación es un proceso a largo plazo y, en parte, se basa en dejar ir, ya que uno de sus objetivos debería ser la adquisición de autonomía de los hijos, algo fundamental.
— En la crianza, los límites son tan importantes como el afecto: uno no es un mal padre, ni un dictador, por decir «no» de vez en cuando; al revés.
— La baja tolerancia a la frustración no es una enfermedad crónica: el tolerar la frustración puede entrenarse y va a ser muy útil, porque la vida está salpicada de pequeñas y grandes frustraciones.
— Ser feliz requiere carácter. Y para ello, los hijos no solo se necesitan conocimientos académicos y un aluvión de «experiencias mágicas», sino habilidades como son la valentía, la empatía y la curiosidad. Sin olvidar el tiempo para jugar, cada vez más escaso.
— A muchos padres y madres les encanta explicar, ya sea de forma explícita o disimulada, lo perfectos que son ellos y sus hijos. Evite creerlos y/o compararse y confíe: en usted y en sus hijos. Además, la perfección, en las personas , no existe.
Todos amamos y deseamos proteger a nuestros hijos e hijas, sí, pero hay formas de ser unos buenos padres sin estar todo el día detrás de ellos y sacrificar aspectos tan valiosos en su desarrollo como son su adquisición de autonomía, su responsabilidad y su tolerancia a la frustración.
Es por eso que los padres debemos reivindicar una “sana desatención”: relajarse un poco, empezar a confiar en los hijos y dejarlos más a su aire. En conclusión: hay que apostar por educar personas, no hiperpaternidad.
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